PHILADELPHIA- CUANDO LO CORRECTO NO ES HUMANO

En 1993, Philadelphia sacudió al mundo con una historia que, aún hoy, sigue incomodando. Un abogado brillante, Andrew Beckett (interpretado magistralmente por Tom Hanks), es despedido de su bufete de prestigio tras descubrirse que tiene sida. Aunque la empresa alega “incompetencia”, todos sabemos que fue por miedo, prejuicio, ignorancia. Por ese virus que, en los años 80 y 90, no solo mataba cuerpos, sino reputaciones, carreras, relaciones. Y porque además Andrew era homosexual.

La doble condena,  más allá de la historia del sida o de los derechos LGTBI+, Philadelphia habla de algo mucho más amplio: la exclusión del diferente. El miedo al que no encaja. La hipocresía de las instituciones. El abandono sistemático disfrazado de procedimientos. Y sobre todo, la soledad del que cae.

Centros de trabajo,  donde la imagen vale más que la vida, en la película, Andrew Beckett es un profesional impecable. Gana casos, aporta prestigio, es brillante. Pero cuando su enfermedad empieza a manifestarse, el sistema que antes lo alababa lo expulsa con guantes de seda.

¿Te suena?  en muchos centros de trabajo hoy, la salud mental, el agotamiento, la diferencia o la simple humanidad, no caben. La apariencia, la “productividad”, el rendimiento medido por cifras lo es todo. Y si no encajas, si enfermas, si molestas, te apartan. Con elegancia, con palabras amables, con justificaciones. Pero te apartan y es que  a veces trabajar en ciertos sitios no es trabajar con personas adultas, sino con máscaras, con sombras que han dejado de sentir.

La enfermedad invisible: ¿y si todos llevamos algo que nos excluye? lo poderoso de Philadelphia es que la enfermedad de Andrew no es lo único que lo condena: es el silencio,  el estigma, el miedo de los otros, y eso nos sigue pasando.

Hoy, las personas viven depresiones, duelos, traumas, crisis. Pero lo hacen en secreto. Porque mostrarlo es perder estatus. Porque pedir ayuda es admitir debilidad. Porque en vez de tenderte la mano, la sociedad se aparta dos pasos, como si todavía creyéramos que el dolor se contagia. Hay quienes caminan con enfermedades que no se ven, con heridas que nadie quiere mirar. Y muchas veces, lo único que encuentran es un juicio elegante y una puerta cerrada.
Otro punto es que la justicia no siempre repara, pero puede dignificar, en Philadelphia, Beckett no solo busca una compensación económica. Busca algo más difícil: que el mundo le diga que lo que le hicieron estuvo mal, que no estaba loco,que su dolor no era una invención,  que no fue su culpa. Hoy muchas personas también quieren eso: ser escuchadas, reconocidas, validadas. Porque vivir entre el dolor y la injusticia sin que nadie lo vea, sin que nadie lo nombre, es lo más parecido a morir en vida.

La exclusión sigue, pero cambian las excusas, antes fue el sida, la homosexualidad, el miedo a lo desconocido. Hoy la exclusión adopta formas más sutiles:

Se aparta al que no “conecta” con el grupo.
Al que piensa diferente.
Al que tiene otro ritmo, otro acento, otra historia.
Al que no juega a la política interna, o no se suma al teatro del compañerismo ficticio.

Las razones cambian, pero el fondo es el mismo: seguimos eliminando al diferente. Solo que ahora usamos palabras más suaves, más políticamente correctas.

¿Qué pasaría si tú fueras Andrew Beckett?
La pregunta que deja la película es brutal: ¿y si un día eres tú el que enferma? ¿El que cae? ¿El que ya no puede seguir el ritmo?¿Quién estará ahí?¿Quién te va a creer?¿Quién te va a defender?

Andrew tenía una sola persona que le dio la mano: un abogado que también era prejuicioso, pero que eligió mirar más allá. Ese acto humano, esa decisión de ver al otro como un ser humano completo y no como una etiqueta, es lo que lo cambia todo.

Nos corresponde  ver a la persona, no al problema, Philadelphia no solo denuncia una injusticia. Nos invita a mirar al otro desde otro lugar. A dejar de ver enfermedades, orientaciones, etiquetas, y volver a ver personas.

Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar esa mirada.

Porque el virus más peligroso no fue el VIH.
Ni el cáncer.
Es la indiferencia.
Y ese virus… aún no tiene cura.

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