2026 nada es para siempre

No podemos echar odres nuevos en odres viejos

Un punto de inflexión histórico

La humanidad ha atravesado guerras, colapsos, renacimientos y revoluciones. Sin embargo, no todos los momentos de crisis son iguales. Algunos transforman la forma, pero conservan el fondo. Otros, mucho más raros, anuncian el agotamiento completo de un paradigma y la necesidad de uno nuevo.

Estamos viviendo uno de esos momentos.

Lo que hoy se desmorona no es solo un sistema económico, político o social. Es una forma entera de comprender la realidad. Las estructuras que han sostenido el mundo moderno están mostrando su límite: instituciones que ya no representan, narrativas que ya no convencen, liderazgos que ya no inspiran. Las máscaras caen no porque alguien las arranque, sino porque ya no pueden sostenerse.

Un tiempo que nadie ha vivido antes

Desde una mirada simbólica y astrológica, el periodo que se abre a partir de 2026 es extraordinario. Hay tránsitos planetarios que ningún ser humano vivo ha experimentado jamás. Esto implica algo profundo: no existe memoria colectiva encarnada para lo que viene.

No hay referentes claros. No hay mapas heredados. No hay respuestas listas.

Por eso, intentar comprender el futuro utilizando exclusivamente las categorías del pasado es una trampa. Queremos interpretar lo nuevo con viejos lenguajes, comprender lo desconocido con estructuras que ya no alcanzan.

Aquí emerge con fuerza una idea que me inspiró para este tiempo:

No podemos echar odres nuevos en odres viejos.

Pero qué son estos odres viejos?, primeramente debemos entender que no son errores. Fueron necesarios. Contuvieron una etapa de la humanidad y permitieron su evolución. Pero hoy están rígidos, agrietados, incapaces de adaptarse a la nueva energía que intenta manifestarse.

Son odres viejos:

  • Sistemas de poder basados en el control, la jerarquía y la separación.

  • Modelos económicos que priorizan la acumulación sobre la vida.

  • Identidades construidas desde el miedo, la competencia y la escasez.

  • Espiritualidades desconectadas del cuerpo, de la Tierra y de lo cotidiano.

  • Formas de liderazgo verticales, opacas y desconectadas del servicio.

Intentar verter en estas estructuras la energía del nuevo ciclo solo puede generar ruptura. No porque lo nuevo sea violento, sino porque lo viejo ya no tiene la elasticidad necesaria para contenerlo.

Lo que llega no cabe en lo de siempre

El tiempo que se abre a partir de 2026 no es simplemente una continuación del anterior. Es un cambio de frecuencia. Cambia la relación con el tiempo, con la tecnología, con la conciencia, con el poder y con la verdad.

Lo nuevo pide:

  • Flexibilidad en lugar de rigidez.

  • Coherencia en lugar de discurso.

  • Presencia en lugar de control.

  • Conciencia en lugar de automatismo.

Este cambio no ocurre solo en lo colectivo. También atraviesa lo íntimo. Caen identidades personales, roles heredados, historias internas que ya no explican quiénes somos. Muchas personas sienten desorientación, cansancio o una incomodidad difícil de nombrar: no es que algo esté “mal”, es que algo ya no encaja.

El intento de reciclar lo viejo

Uno de los grandes riesgos de este momento es intentar maquillar los odres viejos en lugar de crear otros nuevos. Cambiar el lenguaje sin transformar la lógica. Hablar de conciencia sin coherencia. De libertad sin responsabilidad. De amor sin presencia.

Esto genera una sensación profunda de incoherencia interna y colectiva. Algo dentro sabe que el recipiente ya no sirve, pero el miedo a soltar mantiene la estructura en pie un poco más.

Soltar implica atravesar el vacío. Y el vacío asusta.El vacío no es un error del proceso. Es parte esencial de él. Entre lo que muere y lo que nace hay siempre un espacio sin forma. Un tiempo en el que no sabemos quiénes somos ni cómo será lo que viene.

La conciencia antigua busca certezas. La conciencia emergente aprende a habitar la pregunta.

Crear odres nuevos no significa tener todas las respuestas, sino desarrollar la capacidad de sostener lo desconocido sin necesidad de dominarlo.

Un odre nuevo no se hereda: se crea. Se construye con escucha, honestidad y presencia. Exige revisar creencias profundas, soltar identidades rígidas y aceptar que el futuro no será una repetición mejorada del pasado.

Crear odres nuevos es:

  • Vivir con mayor coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos.

  • Construir vínculos más auténticos y menos basados en el rol.

  • Ejercer liderazgos horizontales y conscientes.

  • Integrar espiritualidad y vida cotidiana.

  • Aceptar el cambio como estado natural, no como amenaza.

Y aquí quiero ser contundente, NADIE VA A HACER EL TRABAJO POR TI, NADIE PUEDE DECIDIR POR TI... con todos mis respetos, es infantil creer que un nuevo año vaya a traerte lo que deseas sentado o sentada desde tu sillón sin accionar. NADIE PUEDE VIVIR POR TI,  es triste ver cómo las personas solo quieren recibir creyendo merecerlo todo, ni la ayuda más alta va a hacer la tarea, sino QUÉ SENTIDO TIENE QUE ESTES AQUI EN LA TIERRA.   Recuerda que,  a partir de 2026  SOLO LA VERDAD TE HARÁ LIBRE.  Este año requiere mucho valor para transitarlo porque se te pide ser y lo que no es desaparece.

Un umbral, no una promesa

El tiempo que se abre no garantiza nada por sí mismo. No es una promesa automática de despertar ni de armonía. Es un umbral.

Cada persona, cada comunidad y cada sistema tendrá que elegir si se atreve a crear nuevos recipientes… o si intenta permanecer en estructuras que ya no sostienen vida.

La pregunta no es qué va a pasar a partir de 2026.

La pregunta es:

¿qué odres estamos dispuestos a soltar para que lo nuevo pueda nacer?


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