FATIGA CRÓNICA



El cuerpo nos habla cuando la vida va demasiado rápido. En un mundo que premia la productividad, la velocidad y la disponibilidad constante, cada vez,  más personas nos  enfrentamos al peso invisible de la fatiga crónica. No se trata solo de estar cansado.

Es un cansancio que no se va con dormir una noche más unas horas mas. Es una sensación de agotamiento persistente, físico y mental, que drena la energía vital y convierte las tareas más simples en desafíos titánicos. Doy fé de ello, pues en estos momentos atravieso una baja laboral donde todo se ha vuelto complejo.

La fatiga crónica no aparece de la nada. Es, muchas veces, el resultado de vivir por encima de nuestras posibilidades emocionales y físicas durante demasiado tiempo. Es el cuerpo diciendo “basta” cuando no hemos sabido hacerlo nosotros.

Hay una necesidad urgente de bajar el ritmo ya que vivimos inmersos en una cultura que nos empuja a rendir, a complacer, a estar disponibles. Pero el cuerpo y la mente tienen límites. Y cuando no los respetamos, ellos nos los hacen sentir. Bajar el ritmo no es un lujo, es una necesidad vital.

Pero para poder frenar, muchas veces hay que tomar decisiones difíciles. Implica reconocer que no podemos con todo, que no siempre llegamos, que no siempre debemos decir que sí. Implica mirar con honestidad qué nos está robando energía: compromisos que no suman, relaciones que drenan, expectativas ajenas que nos pesan más de la cuenta.

Sanar la fatiga crónica no es solo cuestión de medicina, también es cuestión de límites. Es reconocer que no podemos vivir respondiendo siempre a lo que otros esperan de nosotros. A veces, eso significa soltar exigencias, aunque vengan de personas que amamos. A veces, implica alejarse de ciertas relaciones para preservar nuestro bienestar. Y casi siempre, significa reducir el tiempo que damos afuera, para poder darnos dentro.

Esto no es egoísmo, es autocuidado. Cuidarnos es una responsabilidad personal, pero también una forma de honrar nuestra vida. Porque solo cuando aprendemos a priorizarnos, a decir no sin culpa y a frenar sin miedo, empezamos a vivir con más presencia y menos peso.


Elegir hasta dónde llegamos no es rendirse, es un acto de amor propio. Es reconocer que nuestra salud, nuestra paz y nuestro tiempo valen tanto como cualquier otra meta. No estamos obligados a sostenerlo todo, ni a todos. Y eso también  está bien.

Escuchar el cuerpo, respetar el alma cansada, reordenar nuestras prioridades… eso  es parte del camino hacia una vida más real y más nuestra.

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