Cuando le ves las orejas al lobo
Hay momentos en la vida en los que algo hace clic...
No siempre es un gran acontecimiento. A veces es un desgaste lento, sostenido, casi invisible… hasta que deja de serlo.
Y entonces lo ves.Ves que algo no va bien. Que ya no eres capaz de gestionar como antes.Que lo que antes era automático ahora cuesta.Que sostener la vida tal y como la llevabas empieza a tener un precio demasiado alto.
Ahí es cuando le ves las orejas al lobo.
Durante mucho tiempo vivimos en piloto automático.Cumplimos, respondemos, llegamos a todo lo que se espera de nosotros.Nos adaptamos a ritmos que no son nuestros, a dinámicas que nos desgastan, a relaciones que a veces exigen más de lo que podemos dar. Y como “podemos”, seguimos.
Hasta que el cuerpo, la mente o ambos dicen , basta. No siempre en forma de algo evidente. A veces es cansancio constante, o dolor que aparece y se queda o una ansiedad que ya no se puede disimular o peor aún una sensación difícil de explicar: la de estar sobreviviendo, pero no viviendo.
Lo curioso es que no hace falta llegar hasta ese punto para darse cuenta. No todo el mundo necesita romperse para entender que algo tiene que cambiar. También podemos aprender mirando alrededor.
En las historias de otras personas.
En quienes han tenido que parar a la fuerza. En quienes han pagado el precio de no poner límites a tiempo. En quienes un día se dieron cuenta de que estaban viviendo una vida que no podían sostener. Escuchar, observar y reflexionar también es una forma de despertar.
Porque hay una idea que cuesta aceptar:
No podemos con todo. No podemos ser siempre disponibles, siempre fuertes, siempre resolutivos, siempre presentes para los demás… sin que eso tenga un impacto.
Y, sin embargo, nos han enseñado a intentarlo. A decir que sí cuando queremos decir que no. A priorizar lo urgente sobre lo importante. A cuidar hacia fuera mientras nos descuidamos por dentro. A medir nuestro valor por todo lo que somos capaces de sostener. Hasta que sostenerlo todo nos rompe.
Verle las orejas al lobo no es solo una crisis. Es una toma de conciencia. Es entender que el ritmo que llevabas quizá no era sostenible. Que cumplir con todo no siempre significa estar bien. Que hay un límite —y que ignorarlo no lo hace desaparecer. Y, sobre todo, es darse cuenta de algo fundamental;
Tu vida no puede construirse únicamente en torno a las expectativas de los demás. A partir de ahí, empieza otra etapa. Una en la que decir “no” deja de ser un problema y empieza a ser una herramienta. En la que el autocuidado deja de ser un lujo y pasa a ser una necesidad.
En la que se revisan prioridades, ritmos, relaciones y formas de estar en el mundo.
No es fácil.
A veces genera culpa. A veces incomoda a otros. A veces incluso te hace dudar de ti. Pero también abre una puerta. La puerta a vivir de otra manera.
No desde la exigencia constante, sino desde el equilibrio posible. No desde el “tengo que poder con todo”, sino desde el “¿qué puedo sostener de forma sana?”. No desde la supervivencia, sino, poco a poco, desde la vida.
Verle las orejas al lobo da miedo. Pero también puede ser una oportunidad. La oportunidad de parar antes de romperte. De aprender de lo que otros ya han vivido. De hacer cambios sin esperar a que el cuerpo o la mente obliguen.
Porque no hace falta tocar fondo para replantearse la vida. A veces basta con mirar de frente lo que no está funcionando… y atreverse a cambiarlo.
✨La Luz que lo inunda todo, el retorno al ser


Comentarios
Publicar un comentario
Sé amable y respetuoso en los comentario. Los aportes constructivos son bienvenidos.