No estar en pareja no significa estar disponible: una reflexión sobre límites, respeto y coherencia

Me pueden llamar anticuada en un mundo todo vale pero yo lo llamo valores.


En una sociedad donde cada vez se difuminan más las líneas entre lo personal, lo laboral y lo íntimo, conviene detenerse a reflexionar sobre algo que debería ser básico: los límites. Especialmente cuando se trata de relaciones entre hombres y mujeres en contextos cotidianos.

Existe una idea silenciosa pero muy extendida, de que una mujer soltera es, de algún modo, una persona disponible. Disponible para conversar, para quedar, para escuchar, para compartir tiempo… incluso cuando la otra persona tiene una relación. Y ahí es donde empieza el problema.

No todo lo que se puede hacer, se debe hacer.

Un hombre  que ya mantiene una relación de pareja y que , de forma recurrente, comparte con otra mujer aspectos íntimos de su vida de pareja, especialmente quejas o frustraciones, ya está cruzando una línea. Puede parecer inofensivo, puede disfrazarse de desahogo o confianza, pero muchas veces es el inicio de una dinámica que no es sana ni clara.

Cuando además aparece una invitación a quedar a solas, la situación deja de ser ambigua para convertirse en algo evidente: hay una intención, aunque no se exprese directamente.

Aquí es donde entra una verdad incómoda para algunos, pero necesaria:

Una mujer soltera no tiene ninguna obligación de aceptar ese tipo de acercamientos.

No por educación.

No por amabilidad.

No por “no parecer borde”.

Y, desde luego, no porque el otro insista o lo normalice.

Decidir no quedar con hombres casados no es ser anticuada, es tener criterio. Es entender que hay situaciones que, aunque socialmente se toleren o se minimicen, tienen consecuencias. No solo para las personas implicadas directamente, sino también para terceros que no están presentes, pero sí afectados.

Porque muchas relaciones no se rompen de un día para otro.

Se desgastan poco a poco, entre conversaciones aparentemente inocentes, confidencias fuera de lugar y encuentros que no significaban nada.

La falta de límites es, en muchos casos, el principio del final.

También es importante desmontar otra idea: la de que marcar distancia es exagerado. No lo es. Al contrario, es una forma de respeto. Respeto hacia una misma, hacia lo que se quiere construir en la vida, y también y aunque no lo parezca, hacia la relación de la otra persona.

No se trata de juzgar, sino de posicionarse.

Cada persona decide qué tipo de situaciones quiere permitir en su vida. Y hay quienes eligen no formar parte de historias a medias, de vínculos ambiguos o de dinámicas que empiezan mal y rara vez terminan bien.

Porque la coherencia no depende del estado civil. Una mujer puede estar soltera y, aun así, tener estándares claros. Puede estar sola y no sentirse disponible. Puede decir “no” sin tener que justificarse.Y quizás ha llegado el momento de normalizar eso.

De entender que poner límites no es cerrarse, sino cuidarse. Y que no todo lo que parece moderno es necesariamente sano.

A veces, lo verdaderamente valioso sigue siendo lo de siempre: el respeto, la claridad y la integridad.


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