El poder que se arrodilla -Jueves Santo
Hoy, en Jueves Santo, la escena de Jesús lavando los pies a sus discípulos resuena con una fuerza particular en nuestro presente. No es solo un gesto simbólico, sino una inversión radical del orden establecido: quien tiene autoridad se arrodilla, quien guía sirve, quien podría imponer decide cuidar.
En un mundo donde el poder suele medirse por la capacidad de mando, control o beneficio propio, este acto plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿para qué sirve realmente el poder?
La lógica dominante nos muestra con frecuencia estructuras donde los cargos se convierten en privilegios y no en responsabilidades. Vemos jefes que exigen sin escuchar, líderes que acumulan sin compartir, sistemas donde el que está arriba se desconecta de la realidad del que sostiene todo desde abajo. En esos espacios, el trabajo deja de ser dignidad y se convierte en carga; el esfuerzo, en explotación.
Frente a esto, el gesto de Jesús no es ingenuo ni débil. Es profundamente transformador. Nos habla de un poder que no aplasta, sino que levanta; que no utiliza a las personas, sino que las reconoce. Un poder que entiende que liderar no es estar por encima, sino hacerse cargo.
El servicio que enseña no nace de la obligación ni de la sumisión, sino de una conciencia clara: todos compartimos la misma dignidad. Y quien tiene más responsabilidad en cualquier ámbito, ya sea político, empresarial o social tiene también una mayor llamada al cuidado.
Este mensaje no es solo espiritual, es profundamente social. Nos interpela como individuos y como colectivo. Nos invita a revisar cómo ejercemos nuestras pequeñas cuotas de poder en lo cotidiano: en el trabajo, en casa, en nuestras relaciones. Nos desafía a construir entornos donde el respeto no dependa del rango, y donde la autoridad se legitime por el compromiso con los demás.
Quizás hoy, más que nunca, necesitamos líderes que se atrevan a “lavar los pies”: a escuchar, a acompañar, a ponerse al nivel del otro. Porque solo desde ahí puede nacer una sociedad más justa.
Y tal vez la verdadera revolución no esté en conquistar el poder, sino en transformar su significado.


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