ES TIEMPO DE RESCATARNOS A NOSOTROS MISMOS


Todo se está cayendo
Vivimos en un tiempo que se siente como un derrumbe. Cada día, un nuevo escándalo. Cada semana, un sistema que deja de funcionar, una verdad incómoda que sale a la luz, una estructura que parecía sólida y se revela podrida desde dentro. No hace falta tener un ojo entrenado para ver que algo muy profundo se está cayendo.

Y no hablamos solo de lo simbólico: hasta los aviones se caen. Lo literal parece bailar con lo metafórico. Las caídas son físicas, políticas, morales, espirituales. Lo que parecía seguro ya no lo es. Lo que se daba por sentado, ahora se cuestiona. Lo que sostenía nuestras vidas —el trabajo, la economía, los gobiernos, la ciencia, incluso las relaciones humanas— se tambalea como si el suelo mismo se estuviera resquebrajando.

Durante décadas, si no siglos, hemos construido el mundo sobre una base que no era sólida. Se priorizó el interés por encima del amor, el éxito individual por encima del bienestar colectivo, la apariencia por encima de la verdad.
Y ahora, todo eso se está viniendo abajo.

Es un tiempo de revelaciones. Las estructuras que no estaban alineadas con la vida, con la justicia, con la verdad o con el alma, simplemente no pueden sostenerse más. Lo que está sucediendo no es un accidente: es una limpieza profunda, un colapso necesario.

El dolor viene no tanto por la caída en sí, sino por el apego que teníamos a esas formas, a esas ideas, a esa comodidad. Creíamos que esa era la realidad. Pero era solo una ilusión sostenida por el miedo y el poder mal entendido.

En este contexto, muchas personas están sintiendo que el mundo se les escapa de las manos. Y en gran parte es así. El viejo mundo se está yendo. Y con él, se va la posibilidad de seguir viviendo como antes. Pero no todos lo están viviendo de la misma manera.

Aquellos que se aferran a lo conocido, a su carácter, a su forma de pensar, a su manera de ser con la que han vivido toda la vida y que no quieren soltar, son quienes más están sufriendo —y seguirán sufriendo.
“Yo soy así”, dicen. “No voy a cambiar”.
Pero la Tierra no está preguntando si queremos cambiar. Nos está empujando a hacerlo. Y quienes más se resistan, más dura sentirán la sacudida.

La edad, por sí sola, no es el problema. Hay jóvenes muy rígidos y ancianos con alma flexible. Lo que marca la diferencia no es el número de años vividos, sino la disposición a transformarse.

Si estamos atentos, nos daremos cuenta de que la Tierra misma nos está enseñando. Está purgando, está temblando, está gritando. Las tormentas, los incendios, las crisis climáticas, las migraciones masivas, las pandemias… todo eso no es solo catástrofe: es mensaje. Es la vida diciendo “así no más”.

Y ante ese grito, no basta con querer salvar el mundo. Tenemos que salvarnos desde adentro.
No como un acto egoísta, sino como la única vía real de transformación colectiva: cada uno rescatándose a sí mismo, encontrando su centro, su coherencia, su verdad.

No podemos seguir esperando que el cambio venga de afuera. El nuevo mundo que soñamos no vendrá si nosotros no lo encarnamos.

Jesús lo dijo claramente: no construyas tu casa sobre la arena, porque cuando vengan las lluvias y los vientos, caerá. Construye sobre la roca.
Y eso, hoy, significa construir sobre lo que es verdadero: el amor que no negocia, la conciencia que no se vende, la mirada que no se ciega ante el dolor del otro.

Durante mucho tiempo levantamos estructuras sobre la arena del ego, del consumo, del rendimiento. Ahora, toca reconstruir desde otro lugar. Desde adentro. Y eso implica un duelo, una renuncia, un proceso. Pero también una posibilidad inmensa.

Todo nacimiento es doloroso. Pero detrás del colapso hay una semilla. Un diseño más sano, más amoroso, más justo quiere emerger.Solo que no vendrá por decreto ni por magia. Vendrá si nosotros lo encarnamos. Si tenemos el valor de mirar lo que ya no sirve y soltarlo, aunque duela. Vendrá si dejamos de responsabilizar al mundo y comenzamos a trabajar en nuestro interior.

Porque aunque todo se caiga afuera, si tú no te caes contigo, si tú te sostienes, si te reconstruyes desde lo esencial, estarás cumpliendo tu parte.

Y quizás, desde ese lugar de integridad, puedas sostener a otros también.
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