LA RADIO- UN VIAJE DE VUELTA AL CORAZÓN


Cuando la radio era compañía

Hay sonidos que no se olvidan. No porque sean estridentes, sino porque se cuelan suaves en el alma, como si quisieran quedarse a vivir ahí. La radio es uno de esos sonidos. O mejor dicho, lo fue, para toda una generación que creció esperando la noche no solo para dormir, sino para encontrarse con voces que parecían conocerla por dentro.

Hubo un tiempo —no tan lejano, aunque hoy lo parezca— en el que la radio era algo más que un aparato. Era compañía, era consuelo, era imaginación desatada. Las ondas llegaban a la almohada como una especie de abrazo invisible. Las voces eran pausadas, cálidas, envolventes. Los programas hablaban de misterios, de sueños, de historias con alma. Y lo más hermoso: la gente llamaba,  participaba, se sentía parte.

Hoy cuesta encontrar esa magia. Hay muchas emisoras, sí, pero pocas que toquen el corazón. Predomina la política, los deportes —con todo el respeto que merecen— o la música de moda, muchas veces vacía de contenido, de valores, de inocencia.

Quizá todo eso sigue existiendo y simplemente hemos cambiado nosotros. Tal vez era la ilusión de la adolescencia, el misterio de la noche, el placer de escuchar sin distracciones. O tal vez, simplemente, antes la radio era más humana.

Recuerdo con cariño cuando mis padres me regalaron aquel aparato que tenía cassette, dos altavoces y televisión incorporada. Aquello no era solo tecnología: era un regalo de libertad. Encendía la radio y el mundo se hacía más pequeño, más íntimo. Era mi momento favorito del día. Allí, entre las ondas, sentía que todo tenía sentido.

Hoy, con tanto ruido digital, he decidido recuperar algo de esa esencia. Hace poco compré una radio pequeñita. De esas que funcionan con carga solar, por si acaso vienen apagones… pero también por si acaso quiero apagar yo misma el mundo. La coloco junto a un pequeño altar que tengo en casa. Allí están las fotos de mis abuelos, de mis bisabuelos, de los que ya no están. Les enciendo una vela, les hablo bajito, y dejo que la radio suene. Porque ellos también eran de esa época en la que la radio era vida. Muchos ni televisión tenían, y lo poco que sabían del mundo lo sabían por una voz que salía de una caja con alma.

Y así, con canciones de los ochenta o los noventa, con palabras sencillas y con un poco de ruido de fondo, me reconcilio con algo que no quiero perder: la capacidad de escuchar, escuchar de verdad,  escuchar con el corazón.

Quizás nunca vuelva esa radio que conocimos. Pero tal vez sí podemos rescatar ese espíritu. Encender una pequeña radio, bajar el volumen del mundo, y volver a estar con nosotros mismos… y con quienes ya se fueron.

Porque a veces, lo más moderno que podemos hacer… es volver a lo esencial.

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