VOLVER AL SER ES VOLVER A CASA

En el fondo de cada ser humano habita una chispa, una luz íntima y original, anterior a cualquier máscara, nombre o historia. Esa luz no se puede fabricar, no se aprende ni se compra; simplemente es. Es lo que somos antes de haber sido condicionados, antes de haber sido heridos, educados o moldeados. Es el ser esencial, la expresión viva de lo divino en forma humana.

La importancia del ser radica en que todo parte de ahí. No somos nuestros roles, nuestros logros, nuestras heridas o fracasos. Todo eso ocurre en la superficie, como el oleaje sobre el mar. Pero en el fondo, en el silencio profundo de nuestra conciencia, mora algo que no cambia: una presencia que observa, que siente, que desea simplemente ser. Volver al ser es volver a casa. Es recordar que no estamos aquí para cumplir expectativas ajenas ni para vivir vidas prestadas, sino para desplegar nuestra verdad, con coraje y humildad.

Y esa verdad tiene una forma única de brillar: nuestra luz interior.

Hablas de esa luz que todos llevamos dentro, y es cierto: todos llegamos a este mundo con un brillo propio. Algunos lo llaman alma, otros le dicen chispa divina, esencia, fuego sagrado. Es el don más preciado que traemos, y sin embargo, es también lo que más olvidamos. A veces porque nos la apagan —con juicios, con miedo, con rechazo—, y otras veces porque nosotros mismos aprendemos a ocultarla para encajar, para no desentonar, para no incomodar.


Pero esa luz no vino a quedarse escondida. Vinimos precisamente a encarnarla, a expresarla, a dejar que atraviese cada gesto, cada palabra, cada decisión. Vinimos a ser canales de esa luz, a que lo divino se manifieste en lo humano a través de nosotros. Cuando vivimos desde ahí, nuestra existencia cobra un sentido más profundo: no se trata ya solo de sobrevivir, sino de irradiar. De recordar a otros, con nuestro simple estar, que también ellos son luz.

Y no es una luz perfecta ni inmaculada; es humana, a veces tenue, a veces desbordante, a veces temblorosa. Pero siempre real. Y en la medida en que la reconocemos, la honramos, y nos atrevemos a vivirla, contribuimos a iluminar el mundo desde adentro.


La gran tarea no es buscar la luz fuera, sino despertar la que ya somos. Ser fieles a ella, aunque tiemble. Aunque incomode. Aunque duela. Porque cada vez que alguien se atreve a ser verdaderamente él mismo, algo en el mundo se ordena. Algo en los demás también despierta. Y ese es el verdadero acto de servicio espiritual: vivir desde el ser, y permitir que la luz que llevamos dentro tenga permiso de brillar.

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