NO SE PUEDE SERVIR A DOS AMOS

El llamado de lo alto y el peso de lo terrenal
Hay palabras que atraviesan los siglos y siguen resonando con una fuerza que parece hecha para este mismo instante. Una de ellas, pronunciada por Jesús, dice: “Nadie puede servir a dos señores” (Mateo 6:24). Esta afirmación, aparentemente simple, encierra una verdad profunda sobre la tensión entre lo espiritual y lo terrenal, entre el llamado divino y las expectativas —o manipulaciones— de quienes nos rodean.

A menudo, quien siente un llamado auténtico —una voz interior que impulsa hacia algo más grande, más verdadero, más puro— se encuentra en conflicto con su entorno más cercano. Las personas que deberían ofrecer apoyo y comprensión terminan, muchas veces, siendo una fuente de distracción, duda o incluso resistencia. Es una paradoja antigua: quienes más deberían alentar el crecimiento espiritual, son a veces quienes más obstaculizan su avance.

Jesús mismo vivió esta contradicción. Cuando regresó a su tierra, la gente no lo reconoció por lo que era. Decían: “¿No es este el hijo del carpintero?” (Mateo 13:55). Su mensaje fue desestimado precisamente por ser “uno de los suyos”. Porque en la familiaridad, muchas veces, se pierde la visión. El profeta en su tierra no tiene honra. Lo cercano se da por sentado, se minimiza, se rebaja. Y sin embargo, los de fuera —quienes no tienen prejuicios ni historias pasadas que empañen la mirada— pueden ver con más claridad lo que otros no quieren ver.

En un momento crucial, cuando Jesús estaba rodeado de multitudes y le dijeron que su madre y sus hermanos lo buscaban, él respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? […] Mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 12:48-50). Con estas palabras, redefinía los lazos de sangre y ponía por encima de ellos los lazos espirituales. No es una negación de la familia, sino una declaración de prioridad: primero está la fidelidad al llamado divino.

Muchas personas enfrentan hoy esta misma tensión. Sienten que deben seguir un propósito superior, un camino que no es entendido por quienes los rodean. Y en ese camino, a menudo aparecen voces —familiares, amigos, conocidos— que intentan detener el paso, reclamar atención, sembrar dudas. A veces, ni siquiera por maldad, sino por egoísmo inconsciente o por miedo al cambio. Lo doloroso es que esas mismas personas luego ignoran su propio consejo, o no actúan según sus propias exigencias. Dicen, pero no hacen. Aconsejan, pero no se aplican lo que predican.

Por eso es tan importante tener claro a quién se sirve. No se puede seguir el rumbo del espíritu y al mismo tiempo obedecer los dictados de la carne o las presiones sociales. No se puede mirar al cielo si se está atado a los pies de quienes no quieren volar. Elegir bien a quién se le da el tiempo, la energía y el corazón es una decisión de vida o muerte espiritual.

Al final, quien escucha la voz de Dios no puede silenciarla para complacer a quienes no la entienden. Porque la verdadera familia, como enseñó Jesús, no es necesariamente la de la sangre, sino la de aquellos que comparten el propósito y la obediencia a lo alto.

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