El precio silencioso del despertar espiritual
Llevo más de treinta años recorriendo un camino de crecimiento espiritual. Comencé siendo muy joven, con apenas diecinueve años, cuando el reiki apareció en mi vida. Después llegaron las flores de Bach, la aromaterapia, el tarot, la medicina antroposófica, el péndulo hebreo, los registros akáshicos, la astrología, la angeología, la astrología, regresiones, hipnosis, constelaciones. Cada una de estas herramientas fue apareciendo en el momento adecuado, no como un fin en sí mismas, sino como un medio para conocerme mejor, sanar heridas y acompañar desde el amor.
Pero, por encima de todas ellas, siempre ha habido un centro inamovible: Dios. Él ha sido mi guía, mi refugio y la brújula que ha dado sentido a todo lo que he estudiado y experimentado. Sin Dios, ninguna herramienta tendría valor para mí. Porque nunca he buscado poder, protagonismo ni reconocimiento; siempre he buscado acercarme más a Él.
Nunca utilicé ninguna de estas herramientas para alimentar el ego ni para sentirme superior a nadie. Siempre las entendí como instrumentos que, desde una intención limpia, podían ayudar en el crecimiento personal, la sanación interior y el despertar de la conciencia. Lo importante nunca ha sido la herramienta, sino el corazón desde el que se utiliza.
Sin embargo, con el paso de los años me produce tristeza observar cómo muchas de estas disciplinas están siendo demonizadas. Se juzgan sin conocer el propósito con el que muchas personas las han vivido. Desde mi experiencia, jamás me alejaron de Dios; al contrario, me llevaron a buscarlo con más profundidad, a conocerme mejor y a intentar juzgar menos.
El verdadero trabajo espiritual no consiste en acumular cursos, títulos o conocimientos. El verdadero trabajo comienza cuando uno decide mirar de frente sus propias heridas, atravesar sus sombras y permitir que Dios transforme aquello que todavía necesita ser sanado.
Y ese camino tiene un precio del que pocas personas hablan.
Con el tiempo, cuando uno profundiza en su desarrollo interior, comienzan a despertar capacidades que no siempre son fáciles de integrar. Algunas personas las llaman clarividencia, otras clariaudiencia o simplemente una intuición profundamente afinada. Más allá del nombre que cada uno quiera darle, lo realmente difícil no es que aparezcan, sino aprender a convivir con ellas.
Porque empiezas a percibir aquello que antes pasaba desapercibido. Ves las incoherencias. Intuyes las verdaderas intenciones detrás de muchas palabras. Percibes cuándo alguien se acerca desde el amor y cuándo lo hace desde una máscara. Y, paradójicamente, la mayor parte de las veces debes guardar silencio.
No puedes señalar constantemente lo que percibes. Cada persona tiene su propio proceso y Dios conoce los tiempos de cada alma. Así que aprendes a callar, a respetar y a confiar en que no todo te corresponde decir.
Y ese silencio pesa.
Muchas relaciones empiezan a desaparecer de manera natural. Personas con las que antes conectabas dejan de formar parte de tu camino. No desde el juicio, sino porque las frecuencias cambian, las prioridades cambian y uno ya no puede sostener determinados vínculos cuando el alma reconoce aquello que antes no veía.
Entonces llega la soledad.
Una soledad de la que casi nadie habla cuando idealiza el despertar espiritual. Porque sí, hay momentos en los que uno llega a pensar: "Ojalá no hubiera visto todo esto. Ojalá hubiera seguido viviendo con la inocencia de antes. Quizá habría sufrido menos."
Es un pensamiento humano. Un instante de cansancio. Pero después comprendes que ya no hay vuelta atrás.
Cuanto más decides caminar hacia la luz, más consciente eres de que ese camino también implica atravesar pruebas. Desde mi vivencia espiritual, siempre he sentido que cuando uno intenta servir al amor, actuar con honestidad y poner a Dios en el centro de su vida, también aparecen resistencias, obstáculos y ataques espirituales que buscan desviar ese propósito. No los vivo desde el miedo, sino como parte del discernimiento y de la fortaleza que ese mismo camino exige.
Porque la luz no consiste en no tener dificultades. La luz consiste en permanecer fiel a Dios incluso cuando todo invita a abandonar.
Hoy miro hacia atrás y comprendo que todo lo aprendido —el reiki, las flores de Bach, la aromaterapia, el tarot, la medicina antroposófica, el péndulo hebreo, los registros akáshicos, la astrología y la angiología etc... solo tenía un propósito: acercarme más a Dios.
Porque al final eso es lo único que permanece.
Y quizá estas palabras resuenen con quienes, en este momento, también sienten que están atravesando ese proceso. Si es así, quiero recordarles que no están solos. Dios nunca abandona a quienes lo buscan con un corazón sincero. Aunque haya silencios, pérdidas, incomprensión o momentos de oscuridad, Él sigue caminando a nuestro lado.
Porque la verdadera luz no nace de ninguna técnica, de ningún don ni de ningún conocimiento. La verdadera luz nace de Dios. Y cuando Él ocupa el centro de nuestra vida, todo lo demás encuentra su verdadero lugar.
PUEDES APOYAR ESTE CONTENIDO HACIENDO UN DONATIVO EN
📕MIS LIBROS
✨LA sabiduría del tarot y la biblia, un camino hacia la luz
✨Los tesoros perdidos de la humanidad
✨La Luz que lo inunda todo, el retorno al ser
✨ Poemas al Alba
✨Con cariño
ladiosaquetehabita ✨

Comentarios
Publicar un comentario
Sé amable y respetuoso en los comentario. Los aportes constructivos son bienvenidos.