LA DESCONFIANZA - EL GRAN OBSTÁCULO PARA VIVIR EN VERDAD

Vivimos en una época donde la desconfianza se ha vuelto casi una segunda piel. Desconfiamos de los demás, de las instituciones, de la vida… y, aunque no lo confesemos fácilmente, también de Dios. Queremos controlar, anticipar, tener garantías. Pero Jesús nos propuso lo contrario: "El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará" (Mt 16,25). ¿Qué significa esto en la práctica?

La desconfianza nace del miedo. Miedo a que si soltamos, si nos entregamos, si dejamos de controlar, caeremos en el vacío. Miedo a que la vida no nos sostenga. Pero Jesús nos dijo: "No os preocupéis por vuestra vida, qué comeréis o qué vestiréis... mirad los lirios del campo..." (Mt 6,25-34). Es decir, la vida –la verdadera Vida– nos dará lo que necesitamos. No lo que imaginamos o exigimos, sino lo que realmente necesitamos para despertar, crecer, amar.

Y aquí aparece la paradoja de la entrega, 
El que quiera salvar su vida, la perderá. Nos esforzamos por proteger nuestra identidad, nuestro plan, nuestra seguridad. Pero esa obsesión por salvar lo que creemos que somos, acaba asfixiándonos. Solo cuando nos atrevemos a soltar ese control y a entrar en el flujo de la vida (o de Dios, que es lo mismo), comenzamos a vivir de verdad. Encontramos una paz que no depende de las circunstancias, sino de la coherencia interna con lo que somos.

Jesús no vino a proponer una religión basada en normas externas, sino una vida vivida desde el corazón. Desde la verdad de cada uno. La fidelidad a uno mismo no es egocentrismo, sino escucha profunda: ¿Qué me pide la vida ahora? ¿Qué resuena con verdad dentro de mí, aunque sea incómodo o contracultural? Esa fidelidad es una forma de fe: confiar en que si soy coherente con lo que verdaderamente soy, la vida (o Dios) me acompañará, aunque tenga que pasar por cruz, pérdida o incomprensión.

La confianza plena no significa que no habrá dolor, pérdida o incertidumbre. Significa que cuando llegue lo que tenga que llegar, podré atravesarlo sin perderme. Porque sabré que no estoy sola. Porque sabré que todo, incluso lo que ahora no entiendo, tiene un lugar en el misterio más grande del que formo parte. Y ahí aparece la verdadera fe: no como dogma, sino como confianza radical.

Confiar es un acto de valentía. Implica dejar de vivir desde el miedo y pasar a vivir desde la verdad. Desde una entrega lúcida, no ciega. Desde la certeza de que la vida no es un enemigo, sino un maestro. Y que Dios no está esperando nuestra perfección, sino nuestra autenticidad.

La desconfianza nos encierra. La confianza –aunque a veces duela– nos libera. Jesús no vino a prometer control, sino sentido. No vino a ofrecernos seguridad, sino vida plena. Y esa vida solo se alcanza cuando nos atrevemos a soltar la ilusión del control, a ser fieles a lo que somos, y a confiar en que todo –absolutamente todo– tendrá su sentido. Aunque ahora no lo veamos.

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