Cristo y Anticristo
La segunda venida ya está ocurriendo
Hay algo profundamente curioso en la manera en que esperamos la segunda venida de Cristo.
Muchos la imaginan como un acontecimiento futuro, extraordinario, visible para todos. Esperamos señales en el cielo, acontecimientos políticos, guerras, catástrofes, profecías que se cumplan y, sobre todo, la aparición de ese personaje al que llamamos el Anticristo. Hablamos de la marca de la bestia, del control, del poder, del final de los tiempos.
Pero quizá estamos mirando en la dirección equivocada.
Quizá estamos esperando que algo ocurra fuera de nosotros mientras, silenciosamente, ya está ocurriendo dentro.
Porque ¿y si el verdadero Anticristo no fuera solamente una figura que algún día aparecerá en el mundo? ¿Y si también fuera todo aquello que se opone al amor que Cristo vino a revelar?
La palabra "anticristo" puede entenderse, en este sentido, no solamente como alguien que está contra Cristo, sino como todo aquello que se coloca en contra de lo que Cristo representa.
Y entonces la pregunta cambia.
¿Dónde está el Anticristo?
Miremos alrededor.
Vivimos conectados permanentemente a una pantalla, pero cada vez más desconectados de nosotros mismos. Tenemos acceso a una cantidad de información que ninguna generación anterior pudo imaginar y, sin embargo, cada vez nos cuesta más pensar por nosotros mismos.
Nos dicen qué debemos comprar, qué debemos desear, qué debemos temer, qué debemos odiar, qué debemos considerar importante. Los algoritmos conocen nuestras debilidades y aprenden de nuestros impulsos. Muchas veces ya ni siquiera buscamos lo que queremos: esperamos a que alguien nos diga qué querer.
Y lo llamamos libertad.
Consumimos sin necesitar. Deseamos sin saber por qué deseamos. Acumulamos objetos mientras nos falta tiempo para estar presentes. Hablamos constantemente de amor, pero cada vez resulta más difícil amar sin condiciones, sin utilidad, sin intercambio, sin esperar algo a cambio.
Tenemos cientos, quizá miles, de contactos, pero podemos sentirnos profundamente solos.
Nos comunicamos todo el día y, al mismo tiempo, hemos olvidado cómo mirarnos a los ojos.
Quizá esa sea una de las formas más sutiles del Anticristo: aquello que consigue separarnos del amor, de la verdad y de nuestra propia conciencia mientras nos hace creer que estamos avanzando.
Y quizá por eso la famosa «marca de la bestia» no tenga que ser necesariamente una marca física que alguien nos imponga.
Tal vez la verdadera marca sea aquello que permitimos que marque nuestra conciencia.
La dependencia.
El miedo.
El consumo convertido en identidad.
La necesidad de aprobación.
La incapacidad para estar en silencio.
La renuncia voluntaria al pensamiento propio.
La sustitución de la experiencia por una pantalla.
La indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
La transformación de las personas en consumidores.
Y, sobre todo, el olvido de quiénes somos.
Porque quizá ya hemos vendido el alma al diablo, aunque no haya habido ningún pacto sobrenatural.
La hemos vendido cada vez que entregamos nuestra atención a cambio de entretenimiento.Cada vez que cambiamos nuestra libertad por comodidad. Cada vez que dejamos de cuestionar porque resulta más fácil obedecer. Cada vez que preferimos tener razón antes que amar. Cada vez que convertimos al otro en enemigo. Cada vez que confundimos tener más con ser más.
No necesitamos imaginar un demonio sentado en algún lugar haciendo negocios con nosotros.
A veces basta con que dejemos de escucharnos por dentro.
Pero aquí aparece la otra cara de esta historia.
La segunda venida de Cristo.
¿Y si tampoco fuera solamente algo que tenemos que esperar?
¿Y si la segunda venida comienza cuando Cristo vuelve a nacer en nuestra conciencia?
Porque quizá Cristo vino a recordar al ser humano una verdad que había olvidado: que el amor es nuestra naturaleza más profunda y que el otro no está separado de nosotros tanto como creemos.
Cuando una persona comprende eso, algo cambia.
Cristo «vuelve» cuando volvemos a amar de verdad.
Cuando dejamos de vivir desde el miedo.
Cuando recuperamos la capacidad de perdonar.
Cuando dejamos de necesitar enemigos para sentirnos alguien.
Cuando somos capaces de mirar a otra persona y reconocer en ella la misma dignidad que reclamamos para nosotros.
Cuando dejamos de preguntarnos qué podemos obtener de la vida y empezamos a preguntarnos qué podemos aportar.
Cuando apagamos el ruido suficiente tiempo como para escuchar nuestra propia conciencia.
Quizá esa sea la verdadera batalla del final de los tiempos.
No una batalla entre dos ejércitos en algún lugar lejano, sino una batalla silenciosa que ocurre dentro de cada ser humano.
Por un lado, todo aquello que nos fragmenta: el miedo, la avaricia, la manipulación, el ego, la dependencia, el consumo sin límite, la mentira y la desconexión.
Por otro, aquello que nos devuelve a nuestra esencia: la verdad, la compasión, la libertad interior, la presencia y el amor.
El Anticristo, entendido de esta manera, no necesita llegar. Ya está presente cada vez que elegimos aquello que nos aleja del amor.
Y Cristo tampoco necesita llegar desde las nubes. Ya está presente cada vez que elegimos el amor.
Tal vez llevamos dos mil años mirando al cielo esperando que Cristo regrese, cuando la invitación siempre estuvo dirigida hacia dentro.
Tal vez la pregunta no sea:
«¿Cuándo volverá Cristo?»
Sino:
«¿Cuándo voy a permitir que Cristo vuelva a vivir en mí?»
Y quizá tampoco deberíamos preguntarnos únicamente:
«¿Quién es el Anticristo?»
Quizá deberíamos preguntarnos:
«¿Qué hay en mí que se opone al amor?»
Porque si el Anticristo es todo aquello que niega el amor, entonces no podemos combatirlo solamente señalando a los demás.
Tenemos que reconocerlo en nosotros.
Y si Cristo es el amor que vuelve a hacerse consciente en el ser humano, entonces su segunda venida tampoco puede ser solamente algo que esperamos.
Es algo que podemos empezar a vivir.
Ahora.
Aquí.
En cada decisión.
En cada pensamiento.
En cada relación.
En cada acto de amor.
Quizá el final de los tiempos no sea el final de la humanidad. Quizá sea el final de una manera de vivir. Y quizá la segunda venida de Cristo sea, en realidad, el nacimiento de una humanidad capaz de recordar quién es.
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